Somos un espejo sobre cuyo cristal se proyecta la imagen de otro

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By/Por Luz Aguilar Barraza, Especial para LWR

No ha sido únicamente un escritor el que ha puesto sobre la mesa de las discusiones literarias la existencia, simultanea de dos personajes que son uno al mismo tiempo y ninguno a la vez. Esta teoría no es propia de nuestro tiempo. Ha sido explorada por autores muy diversos a lo largo de la historia de la humanidad y en diferentes culturas.

El perturbador descubrimiento de otro ser que nos habita  puede ocurrir en cualquier alta noche en que por distracción o irrisión hacemos muecas ante el espejo del cuarto de baño y de allí surge ese desconocido que detenta nuestro rostro y quizá ya nos visitaba en los sueños.

Se pierde en la noche de los siglos el primer momento en que un individuo descubrió que era él y a la vez era otro, pero (por lo menos desde el romanticismo) la literatura ha jugado la baraja del Jano bifronte, del Otro Yo, del Autrui, del Doppelgänger hoffmaniano, del antagonista “William Wilson” que acosa al  protagonista de un cuento de Poe, del  “Doctor Jekyll y el Mister Hyde” que se combaten en una breve, intensa novela de Stevenson.

“Yo soy el otro” había escrito Nerval al pie de uno de sus retratos en que ya se le advertía la mirada enamorada de la muy carnal y hasta regordeta actriz Jenny Colon, quien además en el delirio de Gérard se transfiguraba en otra: en Aurelia, la etérea hada dizque redentora.

“Yo es otro”, había dicho Arthur Rimbaud en una fórmula sintácticamente anormal pero perturbadoramente exacta; y el llameante ángel de la bohemia decimonona de París vino a ser el oscuro traficante de armas para los bárbaros jeques abisinios.

“¿Quién es ése que está escribiendo por mí”?, se habrá preguntado, ¿al borde de la locura o en un relámpago de lucidez?, el cuentista Guy de Maupassant en la noche en que, al entrar a su casa, encontró al otro Guy atareado ante el escritorio.

Tal vez  no ha existido un solo escritor que no haya sufrido o gozado alguna vez,  o muchas, ese perturbador momento en que uno se desdobla en lector y escribe leyéndose desde la otredad, como le pasaba a Jorge Luis Borges.

El “Borges” que Jorge Luis retrató en una suerte de poema en prosa al habitual pero no menos inquietante Alter Ego; el Borges que, según se halle en el anverso o el reverso del espejo, puede ser el personaje ilustre, el internacionalmente admirado Jorge Luis Borges, o, como diría Baudelaire, su hipócrita lector, su semejante, su hermano… y su contrario.

Borges, viajero por espejos y laberintos,  practicante de una magia mental y verbal, tenía que interesarse en la otredadde los seres, en el otro habitante de su persona. Sabía que persona significa máscara, es decir un artefacto para ocultar ¿o revelar? ese personaje distinto y aun adverso del que somos o creemos ser, y, en una  noche en que volvió a él esa revelación, escribió una de sus mejores páginas, “Borges y yo”, que me ahora me permito traer desde su misceláneo libro El hacedor:

“Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura, y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar.

“Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas.

“Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

“No sé cuál de los dos escribe esta página.”

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