by/por: Octavio Hernández Díaz
Cruzar la línea, pasaporte o mica a la mano y un fajo de dólares en el bolsillo. Pesos que se reducen en dígitos, que van de las manadas de ceros del abolengo nacional a cifras más congruentes que se dan el lujo de achicarse con la cara de Washington, Lincoln o Grant.
Nos toca el verde y un primo lejano de B.B. King nos pregunta hacia donde nos dirigimos, la respuesta inmediata es a gozar de las noches de San Diego. El fiel guardián de las barras y las estrellas sonríe con una mueca malévola, nos desea lo mejor, pero nos manda a revisión secundaria, tal vez para que conozcamos de cerca a los hermosos perros antidoping que tienen ahí o al filantrópico plantel de auxilio turístico que se da cita en ese lugar.
Tras 15 minutos de espera infructuosa se apiada de nosotros un hombre corpulento de panza desbordada que nos vuelve a preguntar lo mismo que su antecesor. Entonces tomo la palabra y le informo que nos dirigimos al Clairmont Mesa Boulevard para ver en vivo y a todo color al rey del rock & roll: Chuck Berry.
Me ve a los ojos imitando a Ofelia Guilmain con mirada dura, como de roca o huevo cocido en fonda con parrilla eléctrica. Anota algo, le da vueltas a la unidad automotriz en que viajamos y nos libera sin la presencia de ningún Lassie ni Rin Tin Tin o Samoyedo CIA. Nos subimos al auto y se acerca presuroso arrastrando su humanidad weight-watchers a una de las ventanillas para decirme con cierto odio: “El Rey del rock no es Chuck Berry, fue Elvis Presley”. Cuestión de colores y de tesituras, ahora que el boiler de los tiempos hierve con las aguas de la discriminación racial todo es posible. Todo fue una broma un truco, el buen Chuck no tenía pensado presentarse esa noche, simplemente fue una ocurrencia para mantener ocupada la masa encefálica del Fat Guy.
El asfalto comienza a correr bajo nosotros, los puentes nos evitan por arriba y las curvas se acomodan para que pasemos. Numerosos anuncios marcan la presencia latina en la Alta California. Hay mensajes que pretenden seducir el poder adquisitivo de los que viven al sur pero gustan de gastar en el norte. Los supermercados lucen en ambas partes del freeway como navíos varados en un mar de luces. Compre, fume, beba, úntese, respire, goce, disfrute, no se pierda… El american way of dreaming miente con esa convicción hipnótica que le da publicidad.
Llegamos a San Diego, golpeamos el Downtown con el cofre de la embarcación. Los homeless deambulan en el circuito acostumbrado, fuera del Parque del Horton Plaza, donde cientos de flores crean una paz artificial en el centro mismo de la urbe. El Croce’s Bar vomita sus noches de jazz envuelto en el delirio de una barra inacabable de licores varios y una nutrida cantidad de gargantas sedientas. A la vuelta El Rey De las
Hamburguesas cumple su tarea de alimentación rápida: sodas con más hielo que refresco y burgers con mucho queso y pan. En algunas partes el corazón del Santo Diego se convierte en un paseo de muertos vivientes como diría George A. Romero, cadáveres que vagan en busca de alimento, basura, latas o cualquier cosa suficiente para mantenerlos en stand by. ¿Estará cerca el juicio final?
De la Brodway nos seguimos rumbo a la zona de tatuajes y navajas talla grande para dar vuelta a la derecha y olvidamos del ajetreo centralista. Restaurantes italianos y griegos estrujan nuestros intestinos sin piedad. Giramos el volante otra vez hacia la derecha (tan peligrosa en estos tiempos). Entramos en una de las zonas más intensas y atractivas del condado: Hillcrest; Restaurantes vietnamitas, chinos, italianos, japoneses, tailandeses, etc. Off The Record saca de la manga lo más selecto
del rock, jazz, experimental, fusión, etcétera, con posters cabulescos y
compact discs a precio de risa. Nativos del dark y de la vanguardia capilar
devoran portadas y recorren de pe a pa las instalaciones. No sólo de rock
vive el alma, también de worldbeat.
Los cines de Hillcrest son sin duda lo mejor de S.D. El Guild, El Cinema Ken, El Park y Los Hillcrest Cinemas con una avalancha cinematográfica sin precedentes. Desde Mediterráneo de Gabriele Salvatore (una historia de la soldadesca en una isla durante la Segunda Guerra Mundial). A la ironía vía Vanesa Redgrave y Anthony Hopkins en una sátira de James Ivory. Cine de lujo que en el pasado proyectó a Almodóvar, los Hermanos Cohen, Peter Greenaway y David Cronemberg, y otros ilustres poetas
de la desintegración rutinaria. Descuartizadores de los buenos modales que plasman en la pantalla todas sus maquinaciones. Terminando el banquete los discípulos de Lumiere salen de la sala y se deciden a buscar un café para charlar o un bar donde hacer resbalar cócteles por la epiglotis.
La University Avenue se abre mostrándonos todos sus encantos; tiendas muchas, sex shops con mujeres tamaño natural infladas a punta de helio y películas de a cora que alimentan el discreto encanto de sólo mirar. Y una estrafalaria colección de juguetes que pueden cambiar el rumbo de cualquier matrimonio posmoderno.
El hambre nos vence y entramos a un Rockabilly gastronómico con cenas
a la americana; sandwich de pavo y puré de papa, una soda y san se acabó. Servicio rápido en manos de un mesero de profesión que nos recuerda los tiempos en que James Dean cabalgaba en su equino de acero por la historia de Norteamérica.
El fandango sigue en Hillcrest, los bares tienen clientes de diversas
inclinaciones y dada la democracia, los hay hasta campechanos o aspirantes a la Raúl Alcalá. Un par de cervezas importadas; Australia y la Gran Bretaña en garrafas de cristal. Música apenas perceptible entre carcajadas y sonidos de festín. En cuatro llantas entrada la madrugada nos decidimos a ir carretera abajo rumbo a Tijuana, muchas patrullas de por medio, gracias al destino ninguna nos detiene, aunque las placas fronterizas revelen nuestra mexicanidad. San Diego empieza a dormitar mientras que en Tijuana apenas los noctámbulos checan su tarjeta.


