The Big Heat, dirigida por Fritz Lang, uno de los films noirs mas perfectos de la historia

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By/Por Rafael Narbona-Revista de Libros-Especial para LWR

Casi todas las películas contienen una escena memorable que compendia su espíritu: Scarlett O’Hara (Vivien Leigh) clamando al cielo para jurar que jamás volverá a pasar hambre en Lo que el viento se llevó; Ilsa Lund (Ingrid Bergman) pidiendo a Sam que toque otra vez «As Time Goes By» en Casablanca; el sheriff Will Kane (Gary Cooper) avanzando por una calle desierta con el rostro ensombrecido para enfrentarse con una cuadrilla de forajidos en Solo ante el peligro. Sería imposible escoger una sola escena de The Big Heat, que en su versión al español se tituló Los sobornados, pues abundan los momentos inolvidables que expresan su trágica visión del ser humano: las lágrimas contenidas de Dave Bannion (Glenn Ford) al contemplar la vivienda vacía donde compartió muchas horas de felicidad con su esposa asesinada; el rostro desfigurado por la ira de Vince Stone (Lee Marvin) poco antes de arrojar café hirviendo a la cara de su novia, la frívola e inmadura Debby Marsh (Gloria Grahame); la expresión risueña de Katie (Jocelyn Brando), la joven esposa de Bannion, al atrapar al vuelo las llaves del coche de la familia, sin sospechar que explotará una bomba al arrancar el motor. Tres imágenes que captan la esencia del duelo, el odio y la inocencia, dejándonos sin aliento y con el corazón encogido.

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Menos popular que otros clásicos, The Big Heat es uno de los films noirs más perfectos de la historia. Apoyándose en un sólido guion del periodista de sucesos Sydney Boehm, que adaptó con maestría el serial de William P. McGivern para el Saturday Evening Post basado en un caso real de corrupción política y policial en Filadelfia, Fritz Lang (Viena, 1890-Los Ángeles, 1976) muestra la inquietante proximidad entre el poder político y el crimen organizado. El cineasta despliega su elegante estilo, combinando elaborados planos secuencia con breves y expresivos primeros planos. Para obtener profundidad de campo, a veces utiliza espejos estratégicamente situados en el encuadre. Lang rehúye el efectismo, logrando una narración ágil y fluida. Las composiciones nunca son forzadas. A pesar de su formación como pintor, nunca cae en la tentación de componer estampas demasiado perfectas. Eso no significa que descuide la distribución del espacio. La impecable fotografía de Charles Lang asume las lecciones del expresionismo, explotando el contraste entre la luz y la sombra. Las escenas más dramáticas casi siempre acontecen de noche, asociando la oscuridad a la angustia, la impotencia y la muerte. Los claroscuros labran el rostro de los personajes, acentuando su soledad, perversión o vulnerabilidad.

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Glenn Ford, por lo general inexpresivo, logra en esta ocasión una interpretación intensa y con infinidad de matices. Es sumamente convincente como marido y padre, pero no resulta menos creíble como policía sediento de venganza. La escena en la que cena con su esposa, compartiendo el cigarrillo, el bistec y la cerveza, muestra su lado más sentimental. Está sinceramente enamorado e intenta ser un padre responsable, siguiendo los consejos de un insufrible libro de pedagogía. El asesinato de su mujer, que le había animado a continuar una investigación peligrosa, desata sus emociones más turbias. Cuando otro agente le sugiere hablar con un sacerdote, reacciona con sarcasmo y desprecio. Casi golpea al propietario de un desguace de coches que se niega a colaborar en sus pesquisas, y está a punto de estrangular a Bertha Duncan (Jeanette Nolan), la viuda de un policía corrupto que oculta papeles comprometedores sobre el capo mafioso Mike Lagana (Alexander Scourby). Cuando Debby Marsh lo acompaña a su apartamento, Bannion casi sucumbe a su encanto erótico. Debby se insinúa de una forma nada vulgar, mostrándose cálida y cercana. Bannion se deja llevar hasta que le pregunta por su esposa y el dolor lo paraliza. No es un galán, sino un sabueso «molesto por instinto», que no descansa hasta averiguar la verdad. Desde la austera mesa de su despacho o desde su modesto hogar, lucha contra el crimen. Siempre tiene un lápiz preparado para anotar en una sencilla libreta los datos que pueden llevarlo al culpable. Es implacable y valiente. Nunca se da por vencido, pero el asesinato de su mujer lo hace vulnerable, lo cual explica que casi se eche en brazos de Debby, buscando algo de consuelo.

Gloria Grahame está particularmente arrebatadora en su papel de novia de Vince Stone. Su primera aparición en un sofá, con las piernas cruzadas y un deslumbrante vestido blanco, desprende una penetrante sensualidad. Cuando más tarde observa su silueta en un espejo, sin disimular el agrado que le produce su aspecto, su magnetismo sexual enloquece a Vince e hipnotiza a su amigo Larry Gordon (Adam Williams), un villano presumido, cruel y estúpido. Desfigurada por Stone, afrontará una nueva etapa de su vida, donde ya no es una mujer deseada, sino un ser desdichado y desdeñado. «Es muy duro pensar para quien nunca lo ha hecho», admite desde el sofá de una habitación en penumbra. Su gesto mientras agoniza, tapándose el lado de la cara quemado por el café hirviendo, ya no parece simple coquetería, sino un conmovedor intento de preservar su dignidad.

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Vince Stone es un psicópata que disfruta torturando a las mujeres. Lee Marvin realiza un trabajo impecable, dando vida a un personaje con un temperamento histriónico y desordenado, incapaz de controlar sus impulsos. Sádico y cobarde, arruina la cara de Debby, sin sospechar que ésta le pagará con la misma moneda. Fritz Lang omite la agresión cuando Debby es la víctima. La cámara se detiene en la cafetera humeante, se escucha un grito y Debby aparece corriendo, llevándose las manos a la cara. En cambio, mostrará el gesto de dolor de Vince cuando el café hirviendo abrase su rostro. Vince tiene todos los rasgos del gánster: viste de forma llamativa, gesticula, lanza risotadas, fanfarronea, maltrata a las mujeres, mata sin problemas de conciencia. En su mirada se advierte el brillo de la locura. Mike Lagana está cortado con la misma tela, pero su ascenso a la cima del hampa de una ciudad imaginaria le ha enseñado a ser prudente, hipócrita y paciente. Sabe que los sobornos son más efectivos que las intimidaciones. En su nómina hay políticos y oficiales del departamento de policía, como el comisionado Higgins (Howard Wendell), que suspende de empleo y sueldo a Bannion por su actitud desafiante. Desde su mansión, controla el juego, la prostitución, el alcohol y las drogas, pero se ha construido una imagen respetable. Organiza fiestas de sociedad para su hija y participa en actividades filantrópicas. De hecho, realiza donaciones al fondo de pensiones de la policía. En su lujoso despacho, cuelga el retrato de su madre, recién fallecida: «Una mujer extraordinaria. Cuando la hicieron, rompieron el molde», comenta a Bannion, evidenciando una personalidad neurótica. Nada es limpio, sano o equilibrado en su existencia, pero cuida al máximo las formas, consciente de su relevancia pública. Quizá sueña con el cargo de senador o con la dirección de una cadena de periódicos. Ser definitivamente respetable es la ambición última de cualquier gánster.

Los personajes secundarios no están menos elaborados. Bertha Duncan es otro ejemplo de hipocresía. Finge ser una viuda apenada, pero el suicidio de su marido le ha proporcionado un inmenso poder. Guarda en una caja fuerte la confesión del difunto, con todos los nombres y datos de la organización de Lagana. No saldrá a la luz mientras puedan comprar su silencio. Jeanette Nolan sabe transmitir a su personaje las dosis necesarias de astucia, amoralidad y cinismo para extorsionar a una trama criminal acostumbrada a resolver sus problemas con brutalidad. Edith Evanson aparece fugazmente como Selma Parker, realizando una breve y convincente interpretación como una anciana frágil y coja que ayuda a Bannion, demostrando más valor que la mayoría de los personajes masculinos. Jocelyn Brando encarna las virtudes de la esposa tradicional, pero con un carácter fuerte y resuelto. No oculta su disgusto cuando una llamada de la comisaría obliga a su marido a dejar la cena sin terminar, pero al mismo tiempo acude rápidamente con una liberta y un lápiz para que tome las notas necesarias.

The Big Heat es puro cine negro. No hay un final feliz. Bannion atrapa a los asesinos de su mujer y vuelve al trabajo. Mike Lagana y Higgins son procesados, y Vince Stone es detenido por asesinato, exponiéndose a ser condenado a la pena capital. Sin embargo, Bannion ha perdido a su esposa y Debby ha muerto. Lagana y Higgins no se librarán de la cárcel, pero otros ocuparán su lugar. La telaraña del crimen organizado se regenerará rápidamente. Los gestos de decencia son demasiado débiles y escasos para acabar con la rueda de la corrupción. El dolor de los inocentes apenas es un débil quejido en una sociedad donde el poder y el dinero se alían para explotar las debilidades humanas. Bannion casi nunca sonríe. No se hace ilusiones sobre el porvenir, pero nunca cesará de hostigar a los asesinos, aunque se disfracen de defensores de la ley y el orden. Su obstinación nos recuerda que siempre es posible elegir. El héroe se arriesga a perderlo todo, pero nadie podrá arrebatarle la satisfacción de haber hecho lo correcto.

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