La interminable caída de Walter White

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By/Por Rafael Narbona, Revista de Libros – Especial para LWR
Sería absurdo realizar un juicio moral sobre Breaking Bad, la serie creada y producida por Vince Gilligan. Walter White (Bryan Cranston) no encaja en una fábula sobre el bien y el mal. Sólo es la encarnación del sueño del hombre corriente, abocado a una existencia mediocre y sin alicientes. Casi todos los que vivimos encadenados a una rutina, fantaseamos con ser otro. Cuando el horizonte está acotado por el pago de la hipoteca, las obligaciones laborales y una sexualidad mortecina, resulta tentador imaginarse en la piel de un gánster. Walter White es un pobre diablo, un profesor de química en un instituto de enseñanza media. Es el padre de Walter «Flynn» White, Jr. (RJ Mitte), un adolescente con parálisis cerebral, y está casado con Skyler (Anna Gunn), una mujer convencional y algo cursi que espera otro hijo y anhela triunfar como autora de cuentos infantiles. Skyler tiene una hermana, Marie, neurótica, obsesiva, chismosa, entrometida y cleptómana. Su marido Hank (Dean Norris) es un macarra desinhibido que trabaja en la DEA. White no es un profesor carismático y querido, sino un hombre cansado y desilusionado, que ejerce la función docente con los automatismos de un burócrata. Por las tardes, redondea su sueldo lavando coches. Sus alumnos lo menosprecian y se burlan de él. Para celebrar su cumpleaños, Skyler le masturba mientras hojea una revista de papel cuché, sin esconder su falta de pasión. «Flynn» respeta más a Hank, alegre y duro de pelar. Todo cambia cuando Walter enferma y el médico le diagnostica un cáncer de pulmón con una expectativa de vida de dos años. Su seguro apenas cubre el tratamiento. Skyler se plantea volver a trabajar y pide ayuda, pero Walter descubre otra alternativa de forma inesperada. Acompaña a Hank durante una redada y presencia cómo huye uno de sus antiguos alumnos, que ha montado un taller de metanfetamina con unos colegas. Se trata de Jesse Pinkman (Aaron Paul), que se hace llamar «Capitán Cook». El azar unirá a dos fracasados para revolucionar el negocio de las drogas. Aprovechando sus conocimientos de química, Walter fabricará un producto de extraordinaria pureza: la meta azul. Se inicia una peripecia sin viaje de vuelta, que trastornará la vida de todos los personajes.

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Jesse Pinkman no es un camello convencional. Procede de una familia adinerada que lo expulsó del hogar cuando se convirtió en politoxicómano. No es un yonqui, pues la heroína sólo se inmiscuirá fugazmente en sus adicciones, pero sí un drogodependiente incapaz de superar sus tendencias autodestructivas. Sus padres actúan con enorme frialdad y crueldad, negándole una nueva oportunidad. Pinkman es un chico débil y sentimental que se emociona al rescatar del baúl sus viejos dibujos infantiles. Aunque no era un muchacho antisocial, fracasó en la escuela. Sus relaciones sentimentales nunca cuajan o terminan de forma abrupta. Le gustan los niños, pero es inmaduro e incapaz de educar a un hijo.

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Soporta palizas, humillaciones y escarnios. Es alocado, negligente, caótico, imprudente, divertido a su pesar. Sus desgracias inspiran ternura y nunca resulta antipático. Puede ser ese joven vecino que fuma en el ascensor, pone la música demasiado alta y mancha el portal con una bolsa de basura mal cerrada. Es posible enfadarse con él, pero no odiarlo. Tampoco le podemos tomar demasiado en serio, pues miente, fabula y nunca cumple sus promesas. Jamás lo veremos con un libro en las manos. No tiene conciencia social ni política y su ignorancia es pavorosa. Sin embargo, no es un mal tipo. Su talante irreflexivo no es puro egoísmo, pues a veces se muestra generoso y compasivo. Su alma quedará irremediablemente herida después de cometer un acto violento que repugna a su conciencia, pero que obedece al imperativo de salvar a Walter, su amigo, su socio y el principal artífice de su caída en un pozo de culpabilidad, miedo y desesperanza. En definitiva, Pinkman es un perdedor en estado puro.

 


Walter White no es un buen hombre que se mete en un lío monumental para costear su tratamiento médico y dejar a su familia una cuenta bancaria que permita liquidar la hipoteca, pagar la universidad de sus hijos y montar un próspero negocio. Aunque ése es el pretexto que invoca una y otra vez para tranquilizar a su conciencia, al final reconocerá que la experiencia de ser un capo de la droga le ha resultado gratificante. Ha experimentado la ebriedad del poder, ha probado su talento y, al menos al principio, ha mejorado su vida sexual, comportándose como un adolescente que hace el amor con su pareja en el asiento trasero de un coche o le mete mano por debajo de la mesa, mientras otros les observan sin advertir lo que sucede. Al igual que Pinkman, necesitará luchar contra sus impulsos para cometer actos violentos, pero su mala conciencia se desvanecerá enseguida. Cuando Skyler le pregunta si está en peligro, le responde: «Yo no estoy en peligro, yo soy el peligro. Un tío abre la puerta y dispara. ¿Crees que sería a mí? No. Yo soy el tío que llama». En ese momento, está claro que Walter White se ha convertido definitivamente en Heisenberg, el seudónimo elegido inicialmente para ocultar su identidad.

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Todos ‒salvo los hampones y los polis‒ saben que Heisenberg es el célebre físico alemán que alumbró el principio de incertidumbre. No creo que se trate de algo casual. El principio de incertidumbre abrió una brecha insalvable entre la física newtoniana y la física cuántica. Newton nos legó una visión racional del universo, que asemejaba su funcionamiento a una máquina de alta precisión. El principio de indeterminación destruyó esa teoría al establecer la imposibilidad de medir simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula. Heisenberg nos obliga a reemplazar las leyes por probabilidades. Walter White se transforma en Heisenberg cuando aprecia que nadie puede ejercer un control racional sobre su propia vida, excluyendo lo improbable e inverosímil. No importa de cuántas certezas nos rodeemos. El azar –o destino, según los clásicos griegos‒ siempre malogrará nuestros planes.
Breaking Bad es una expresión coloquial del sur de Estados Unidos. Significa «salirse del buen camino», «malograrse», «estropearse». No me gusta la explicación, pues huele a puritanismo y moralina. Walter White no es el superhombre de Nietzsche, invirtiendo los valores, sino una partícula en un cosmos imprevisible o, mejor dicho, una onda en un caos lleno de ruido y furia, categóricamente irreductible a una variable racional. Walter no elige ser Heisenberg, pero no le molesta su nueva piel. ¿Quién podría recriminárselo? ¿Quién se conformaría con ser un mediocre profesor de instituto cuando puedes ser un genio del mal? ¿Qué papel desempeña la ética en un mundo caracterizado por lo aleatorio e inaudito? El oso de peluche que flota en la piscina de Walter White, con un ojo inescrutable y un manto rosa, es el gato de Schrödinger, que puede estar muerto y vivo a la vez. El misterio que insinúa es mucho más sugestivo que cualquier verificación empírica. Heisenberg y Walter White no son dos términos antitéticos, sino las variaciones de una paradoja irresoluble. Todos somos dos hombres y ninguno es totalmente verdadero.

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