Héroes de Celuloide

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By/Por Rafael Narbona, Especial para LWR

Nunca me ha gustado James Bond. No creo que sea un héroe, sino un macarra con esmoquin. Indiana Jones no está mal, pero es tan inverosímil como 007. Ambos están más cerca del territorio del cómic fantástico que de la ficción cinematográfica con pretensiones de credibilidad. Los verdaderos héroes son amables, discretos y pacíficos, como el George Bailey de ¡Qué bello es viv! (Frank ir Capra, 1946), magistralmente interpretado por James Stewart. Entiendo que la ficción y la realidad constituyen dominios diferentes, pero cuando confluyen y logran conmovernos, se produce el milagro estético o lo que los griegos llamaron catarsis. La peripecia de George Bailey nos hace experimentar piedad y terror. Piedad porque su sufrimiento nos parece injusto e inmerecido. Terror porque revela nuestra propia fragilidad, el riesgo de perderlo todo por un golpe de fatalidad. Bailey es un joven idealista que sueña con recorrer el mundo, pero las circunstancias le impedirán abandonar Bedford Falls, su localidad natal. Su padre fundó una pequeña compañía de empréstitos para ayudar a las personas humildes y frenar las maniobras especulativas de Henry F. Potter (Lionel Barrymore), el magnate del pueblo y un villano sin escrúpulos. Al morir, George ocupará el puesto de su padre, renunciando a sus planes y encadenándose a un trabajo que detesta.

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La integridad del personaje se refleja en dos primerísimos planos, en los que James Stewart exhibe su enorme talento interpretativo. El primero, cuando los accionistas le piden que siga al frente de la compañía, amenazando con nombrar director a Potter si se niega. El segundo, cuando su hermano pequeño regresa de la universidad y le anuncia que se ha casado. Se ha gastado el dinero destinado a George, con la condición de sustituirlo al finalizar sus estudios. No pretende incumplir su promesa, pero su mujer comenta que su padre le ha ofrecido un excelente puesto de trabajo. En esta ocasión no hay presiones explícitas, pero la conciencia moral de George prevalece una vez más, aceptando sacrificarse por el bienestar ajeno. La seña de identidad del héroe no es el valor físico, sino la renuncia.

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Al igual que George, Rick (Humphrey Bogart) renuncia a su felicidad en Casablanca (Michael Curtiz, 1942), convenciendo a su amante para que continúe al lado de su marido, un carismático líder de la resistencia contra los nazis. Algo semejante sucede con el personaje de Tom Doniphon (John Wayne) en El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962). Doniphon salva la vida al licenciado en Derecho y patético pistolero Ransom Stoddard (James Stewart), cediéndole la gloria y renunciando a su propia prometida, Hallie (Vera Miles), secretamente enamorada del abogado. Eso sí, su gesto no le proporciona paz interior, sino una notable amargura. George Bailey también conoce la frustración y la rabia, pero logrará superarla. El afecto de sus vecinos, que le ayudan a sortear la peor crisis de su vida, será determinante. En cambio, Doniphon sólo disfrutará del cariño de Pompey (Woody Strode), su fiel amigo. El héroe a veces goza de reconocimiento; otras, languidece en la sombra, ignorado por todos. Si la grandeza se mide por la magnitud del sacrificio, el heroísmo de Doniphon es mayor que el de Bailey.

En Esta es mi tierra (Jean Renoir, 1943), el maestro de escuela Albert Lory (Charles Laughton) adquiere la condición de héroe mediante la renuncia más radical y definitiva. Sacrifica su vida para defender la causa de la libertad en un indeterminado país europeo ocupado por los nazis. Lory es un cuarentón tímido y obeso que vive con una madre viuda, dominante y protectora. Sus alumnos le toman el pelo, especialmente durante los bombardeos de los aliados, cuando observan en el refugio antiaéreo cómo se esconde y lloriquea en el regazo de su anciana madre. Enamorado de Louise Martin (Maureen O’Hara), su vecina y compañera de trabajo, tiembla ante el más mínimo peligro, pero el fusilamiento del profesor Sorel (Philip Merivale) le infundirá el valor necesario para enfrentarse a los enemigos de la libertad. Lory es un personaje tierno y vulnerable. A pesar del racionamiento, su madre consigue leche con recetas médicas, pero la reserva para su hijo. Lory la comparte furtivamente con el gato de la familia, al que su madre no soporta. Cuando intenta declararse a Louise, su inseguridad se vuelve particularmente dolorosa, pues sólo es capaz de titubear frases torpes e incoherentes. Su aspecto no puede estar más alejado de la imagen de un seductor que corteja a la mujer amada. Acusado falsamente de un crimen, aprovecha el juicio para lanzar una arenga a favor de la resistencia. Absuelto por el jurado, disfruta de una brevísima libertad que utiliza para volver a su escuela y recordar a sus alumnos que son ciudadanos y no súbditos del invasor. Poco después es detenido, sabiendo que le espera el pelotón de fusilamiento.

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Lory es un honrado maestro de escuela. Por el contrario, Emanuele Bardone (Vittorio de Sica) es un buscavidas que se hace pasar por coronel con cierta influencia ante las autoridades durante la ocupación de Italia. Estafa a las familias de los detenidos por los alemanes con falsas promesas, aprovechándose de su sufrimiento. Los nazis descubren el fraude y le obligan a participar en una comedia. Será encarcelado en San Vittore y fingirá ser el admirado general Della Rovere. De esta manera, conseguirá información sin levantar sospechas. Poco a poco, Bardone interioriza los valores del personaje que interpreta, comportándose con una creciente dignidad. Durante un bombardeo, pide a gritos que nadie se deje dominar por el pánico: “Demostrad que no tenéis miedo a la muerte,” clama, pese a que él mismo tiembla de miedo. Cuando son seleccionados veinte rehenes para fusilar a diez como represalia por un atentado, Bardone pasa la noche con ellos, intentando averiguar quién es Fabrizio, un héroe de la resistencia, pero al final decide callar y compartir la suerte de los seleccionados para ir al paredón. La entereza de Fabrizio y el resto de los rehenes elimina los últimos resquicios de su carácter egoísta y desaprensivo. El coronel alemán que ha urdido la farsa le ofrece la oportunidad de salvarse, pero la desprecia, solicitando un papel para escribir unas últimas palabras. Como si fuera realmente el general Della Rovere, que ha muerto en un control de carretera mientras intentaba entrar clandestinamente en Italia, se despide de su mujer, que desconoce todo lo sucedido, explicándole que sus últimos pensamientos serán para ella y sus hijos. En la memorable escena final, se pone firme y lanza palabras de ánimo a los reos, pidiéndoles que piensen en la madre patria. Dirigida en 1959 por Roberto Rossellini, El general Della Rovere es un bellísimo canto a la redención de la dignidad perdida.

Los héroes de la vida real se parecen a estos personajes. Son seres humanos ordinarios, con sombras y con flaquezas, que hacen algo extraordinario en circunstancias excepcionales. Nunca me han seducido los superhéroes, que realizan hazañas tan descomunales como increíbles. Prefiero a estos pequeños héroes de celuloide que están tan cerca de nosotros mismos, incitándonos a sacar lo mejor de nuestro interior.

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