En Siria se defiende a toda la humanidad

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By/Por Robert Fisk, Special para LWR
Restos de combatientes del Isis yacen entre lo que quedó de su tanque suicida después de su intento de penetrar el muro de la base aérea de Kuweires. Aún se pueden ver en el suelo del desierto, fuera de los terraplenes de arena de la base, en el norte de Siria, un cráneo en el que las cuencas de los ojos miran al sol; huesos que sobresalen de una bota militar y torsos que se pudren bajo un impermeable gris, debajo del colosal tanque incendiado con el que intentaron traspasar el muro de tierra.

Siria
Durante tres años, los soldados del gobierno sirio y cadetes de la fuerza aérea, así como cocineros y maestros militares, combatieron para echarlos. Según las cuentas del brigadier general de la fuerza aérea Munzer Zaman, comandante sirio de Kuweires, unos mil 100 hombres defendieron su base: 800 murieron.

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Dos veces el Isis logró abrirse paso hacia el perímetro de la base aérea de 15 kilómetros cuadrados sobre la carretera principal a Raqqa, llevando vehículos blindados sirios capturados, cargados de explosivos, y estrellándolos en hangares y en un bloque de edificios administrativos. Un oficial de inteligencia llamado Maher nos guía a una pila de concreto de 30 metros de alto. Cinco de mis amigos murieron allí, comenta. Encontramos una mano, parte de un cuerpo; eso fue todo, y abre los brazos para mostrar lo poco que quedó de ellos. Lo demás sigue enterrado en los escombros. Uno de ellos era un general, dice.

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Si el ejército sirio sobrevive a esta guerra terrible, la historia del sitio de Kuweires, al norte de los grandes lagos salados del desierto, 60 kilómetros al este de la mayor ciudad siria, Alepo, será contada y recontada como una epopeya de resistencia y bravura. Si es derrotado, las batallas aquí serán denigradas como la postura brutal de las fuerzas del régimen contra los mártires del islam, y las aldeas y mezquitas devastadas que rodean la base darán testimonio de la crueldad de la guerra. Las aldeas están aún en pie, con hoyos de proyectiles, sin techos, la cúpula de una mezquita derribada sobre los muros destrozados, las tumbas de un cementerio reducidas a polvo.

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Pero después que el general Suheil, apodado El Tigre, y el mayor Saleh se abrieron paso a sangre y fuego por la carretera en auxilio de Kuweires, hace seis meses, la batalla no terminó. Todo el día que paso aquí, las baterías de cañones de 122 milímetros siguen lanzando proyectiles a través del desierto. El brigadier Zaman interrumpe constantemente la conversación para recibir solicitudes de apoyo de artillería en el frente de batalla, transmitidas a gritos por soldados, y garrapatea sobre sus mapas de computadora para verificar sus coordenadas y dar permiso de disparar. Las ventanas de su oficina tiemblan a cada rato por los cañonazos.
Aun hoy, el solitario camino a Kuweires avanza hacia el lado este de la pista de dos carriles entre campos incendiados, fábricas chamuscadas y casas derruidas. Liberar soldados sitiados es una tarea destructiva. Se pueden encontrar las aldeas de Fah y Meer el-Hossen en un mapa, pero están muertas.
El brigadier Zaman insiste en que Siria será reconstruida y quedará más bella que antes de que vinieran los terroristas, y uno sólo puede abrigar la esperanza de que así sea.
Los terroristas son el Isis y el frente Al Nusrah. Zaman no hace diferencia entre ellos y tiene un recuerdo sombrío y áspero de las batallas con que defendió su base aérea. El enemigo, señala, tenía dos opciones: la muerte y la muerte. No había otra.
Cuando le pregunto si conocía al mayor Nowras Hassan, el piloto sirio que fue entregado en territorio de Al Nusrah, en la frontera sirio-libanesa, muy al oeste, y prontamente ejecutado por sus captores, Zaman asiente con la cabeza. Claro que lo conocía bien. Era casado y no tenía hijos. Pero los modos de los terroristas no nos aterran. Nuestra base estuvo sitiada tres años y medio; fue el sitio más prolongado de la historia después de Stalingrado.
La bajas y la geografía podrían ser una versión en miniatura del sitio de la ciudad soviética por el Sexto Ejército alemán, aunque hay claros paralelismos históricos. La liberación de Kuweires en los primeros meses del año no se habría logrado sin el apoyo aéreo ruso, y la tumba de cazabombarderos Mig destruidos, los hoyos de proyectiles, los árboles desmembrados y las trincheras tienen un claro sabor de la Segunda Guerra Mundial. También las bajas: nueve estudiantes de la fuerza aérea perecieron cuando un camión con explosivos se estrelló en el hangar donde dormían. Los sirios enterraron a sus muertos en cementerios construidos alrededor de las pistas de aterrizaje, 79 de ellos en tumbas separadas junto a la piscina de la base.
“Nuestro mufti rezó por ellos bajo el fuego de proyectiles, pero no se hicieron disparos sobre sus tumas”, recuerda un mayor. Cuando fuimos liberados, los cuerpos fueron exhumados uno por uno y colocados en ataúdes nuevos, y dentro se puso un frasco de vidrio con su nombre y otros detalles. Una tabla marcada como tumba No. 7 dice: Ahmed Ali Zohoud, de Lattakia, murió el 7 de julio de 2015. Hace casi un año.
Kilómetro y medio más allá, hileras de morteros construidos por mecánicos del Isis yacen en la hierba cerca de un vehículo de construcción, fabricado en Estados Unidos, sujeto a una enorme perforadora de hierro que se había usado para cavar túneles debajo de la base.
Intentaron llamar a los oficiales de la base, relata Zaman. Enviaban papeles por arriba de los muros con números de teléfonos móviles a los que nuestros hombres podían llamar para cambiar de bando. Ofrecían corredores de seguridad desde la base a quienes quisieran desertar. Pero nuestros hombres eran leales. Incluso yo recibí un mensaje con números a los cuales llamar en Arabia Saudita y Turquía. Se los di a nuestra gente de inteligencia. Esos países trabajan para los estadunidenses y para Israel. Sólo les respondimos que venceríamos o enfrentaríamos las consecuencias de ser mártires.
Durante dos años los helicópteros aún podían aterrizar bajo el fuego en la base, pero luego los vuelos se volvieron demasiado peligrosos. Más tarde se limitaron a recibir provisiones esenciales que les dejaban caer desde aviones. El general Hasham Mohamed Younis, profesor en la academia del aire de la base, estuvo a cargo de estas operaciones durante el sitio.
Nuestros helicópteros volaban a una altura de 4 kilómetros, relata. “Nuestros problemas eran el viento; el peso de los paquetes, de 75 y 120 kilos –porque los paracaídas utilizados estaban hechos para el peso de hombres–, y que los terroristas disparaban a las provisiones cuando iban bajando. Algunas se desviaban hacia el enemigo, pero no muchas. Pudimos recibir la mayor parte del diésel, el keroseno, comida y cartas de familiares para los cadetes.”
Abundan los relatos de guerra. El general Younis recuerda cómo un paquete de comida de la familia de un cadete estaba debajo de un paracaídas que el viento se llevó a las líneas del Isis. Después de unas horas lanzaron sobre el muro un paquete dirigido al cadete. El enemigo decía que había disfrutado la comida de su madre, refiere Younis. Y le pedían decirle que les mandara más.
Un helicóptero que llevaba combustible fue derribado en ruta a Kuweires, y todos sus tripulantes menos uno perecieron quemados. El otro, el piloto Alí Hosman, saltó de la máquina sujetándose a uno de los paracaídas y cayó sobre un muchacho de 14 años en tierra. El chico sobrevivió, pero Hosman murió cinco minutos después.
Al recorrer en automóvil las pistas y los terraplenes perimetrales de esta enorme base aérea –primer periodista occidental que visita Kuweires–, no es difícil ver por qué era un objetivo prestigioso para el Isis. Maltrechos jets Mig –uno con el ala rota– se observan junto a municiones capturadas; dos misiles sin explotar muestran claramente letras latinas y números de origen occidental, otro lleva la inscripción de un almacén de un gobierno árabe, pero el país de origen ha sido cuidadosamente tachado. Los tanques y vehículos blindados BMP usados por el Isis parecen haber sido capturados por los sirios a principios de la guerra, entre ellos un tanque T-72 que tiene su propia numeración del Isis (311, marcado con esténcil detrás del chasis trasero), y es notable que sobrevivan algunas aeronaves útiles. Encuentro al paso helicópteros Hind intactos y varios Migs nuevos.
En cierto sentido los soldados en Kuweires son afortunados. Por lo menos una base aérea fue devastada por el Isis y sus defensores capturados; sus decapitaciones fueron filmadas. No sorprende que Zaman sea ríspido en su comentario de la guerra.
“No teníamos mensajes para los enemigos; les repondíamos con las armas. No podemos cambiar a las personas que tienen esa ideología, pero sí podemos matarlas”. Y hace referencia a Hamas en 1982, donde las fuerzas sirias dieron muerte a miles después de un levantamiento de la Hermandad Musulmana. Su lección es sombría, aunque alarmante: “En Siria defendemos a toda la humanidad. Si Siria es derrotada, ni Gran Bretaña escapará; tampoco Francia, Turquía ni Jordania. Todas serán ennegrecidas con la misma sangre”.
Muchos, sin embargo, dirán que Gran Bretaña no ha escapado al Isis, ni Francia, Turquía o Jordania. Todos esos países a los que –junto con Estados Unidos, Israel y los del Golfo– Siria culpa de la conspiración para destruir el régimen de Bashar el Assad.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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