Dinero desnudo: metáfora de lo imposible

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By/Por Gabriela Márquez, Especial para LWR

Viendo El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese, me acordé de un ensayo de William S. Burroughs, «The Great Gatsby», que leí hace tiempo en The Adding Machine. Selected Essays (Nueva York, Seaver Books, 1986). Es un comentario al estreno en 1974 de la película El gran Gatsby, dirigida por Jack Clayton, con Robert Redford.

Decía Burroughs que jamás se le habría ocurrido hacer una película sobre la novela de Fitzgerald, pero que, ya que otros la habían hecho, consideraba interesante pensar cómo convertir en buen cine El gran Gatsby, si tal cosa fuera posible, algo que Burroughs juzgaba improbable.

Eliminada la prosa de la novela, Burroughs resumía lo que quedaba para la pantalla: diálogos acartonados y un horror de acción (wooden dialogue, creepy action).

¿Cómo convertir el libro en película? Burroughs partía de uno de sus personajes: el gangsteril Meyer Wolfshine (así escribe Burroughs el apellido Wolfshiem, o Wolfsheim, tampoco Fitzgerald estaba muy seguro de cómo escribirlo). Wolfshiem celebra en la novela el estilo de Gatsby, propio de un gentleman, y su apariencia impecable.

Burroughs le da la razón y aclara: para dedicarse al tráfico de bonos y valores bursátiles robados o turbios hay que tener buena apariencia. Parecer digno de toda confianza es imprescindible para cubrir con éxito negocios ilegales.

Pero Burroughs encuentra misterioso, incompatible con la delincuencia, al suave y soñador Gatsby, el enamorado de Daisy Buchanan, la de la voz llena de dinero.

¿Es Gatsby un psicótico? ¿Sufre un síndrome de doble personalidad? ¿No sabe su mano derecha lo que hace la izquierda? Burroughs contesta: «Para funcionar en el área de Wolfshine se necesitan las dos manos».

Entonces Burroughs imagina a su Gatsby. En el cuarto de baño de mármol rosa, el verdadero Gatsby se ve en el espejo: tiene al alcance los útiles que lo ayudan a ser dos, «cucharilla de plata, jeringa y aguja», heroína, la esencia de su suavidad, la sustancia que lo transforma en un personaje encantador, Jekyll y Hyde.

El Gatsby de Burroughs se llevaría a Daisy y le quitaría todo su dinero al marido, Tom Buchanan. Daisy se divorcia en circunstancias que no le cambiarán el metal de voz. Gatsby se casa con Daisy y, cinco años después, Daisy bebe, y Gatsby, que ya no es un gentleman, le pega a su mujer y recibe en casa a sus socios de la mala vida.

Me acordaba del Gatsby de Burroughs viendo el Lobo de Scorsese y al campeón toxicómano de la película, Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio, que encarna a su vez a Jay Gatsby en la película dirigida el año pasado por Baz Luhrmann), con la americana de uno de los trajes rosa que Gatsby lucía y tanto irritaban a Tom Buchanan. El Sueño Americano, ese mito o estereotipo célebre, Gatsby lo encarnaba en la conquista de Daisy, su fetiche amoroso, y Burroughs intuía lo que el fetiche ocultaba, la cosa de verdad querida: el dinero.

El personaje de DiCaprio en El lobo de Wall Street persigue el mismo Sueño sin necesidad de fetiche suplantador: dinero, dinero desnudo. Belfort es Gatsby.

 

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