El mundo actual no sería el mismo sin los mensajes digitales

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Por Juan Rodríguez Flores, Editor Ejecutivo de LWR

 

Ni modo. Se trata de un tema que ya abarca todos los niveles que hay en nuestras vidas. Tanto así que cada día que pasa crece el número de especialistas que intentan descifrar cuáles serán sus alcances en los siguientes que nos tocara vivir, afectando drásticamente las relaciones sociales hasta en sus órdenes más profundos.

¿Cómo hablamos a través de Internet? A esta pregunta suele responderse diciendo que hablamos mal, esto es, que decimos tonterías, que no prestamos atención, que nos expresamos torpemente. Y es verdad, en la mayor parte de los casos. Pero la conversación digital tiene una ventaja notable, en la que no solemos reparar: en la red hablamos leyendo y escribiendo, en lugar de comunicarnos oralmente. ¡Menudo descubrimiento, vaya una cosa! Sin embargo, es una virtud específica, con consecuencias nada menores, sobre la que convendría llamar la atención.

Porque nos pasamos el día hablando: en las redes sociales, escribiendo mensajes en los chats de nuestros teléfonos, respondiendo correos electrónicos. Hace apenas una década, antes de la generalización de las redes inalámbricas y la popularización de los smartphones, nos comunicábamos de manera muy distinta; si nos situamos dos décadas atrás, es decir, antes incluso de los correos electrónicos y los sms, la diferencia era aún más marcada. Usábamos el teléfono y, ocasionalmente, escribíamos una carta: igual que en 1972 o 1954. Sobre todo, en fin, hablábamos: personal o telefónicamente. Pero el llamado giro digital ha propiciado también un giro mecanográfico que tiene por resultado el debilitamiento de la oralidad en beneficio de la comunicación escrita. Y ello hasta el punto de que una llamada telefónica se ha convertido en nuestros días en un acto agresivo, violento, que requiere de una cierta justificación, dada la mayor comodidad que presenta para todos el envío de un mensaje.

¿Qué significa esto, qué consecuencias tiene? No significa nada. O sólo significa que las disrupciones tecnológicas producen efectos inesperados, como inesperado resultó que la función inicialmente residual de los sms fuera masivamente empleada por los usuarios, que así, sin saberlo, adelantaron el nacimiento de los nuevos teléfonos digitales conectados a la red. Tiene conceptualizada por ahí Sánchez Ferlosio la que llama «perversión funcional del instrumento», según la cual una herramienta con una función determinada será usada, porque llama a su uso: así la pistola, decía él, pero así también el teclado. Nos escribimos porque es más cómodo y eficaz que hablarnos; lo primero tiene más costes que lo segundo. En este caso, por lo tanto, es más interesante atender a las consecuencias que al significado.

Naturalmente, las innovaciones culturales, máxime cuando son inducidas tecnológicamente, suelen provocar lamentos por la autenticidad perdida, el habitual rapto nostálgico por un mundo que nunca existió: porque era otro mundo, ciertamente, pero uno donde también había quienes deploraban que aquello que solía hacerse de una forma dejó de hacerse o empezó a hacerse de otra manera. Ahora, experimentamos incomodidad ante la despersonalización y frialdad de las nuevas tecnologías, ya se trate del libro electrónico o de los servicios de chat; o decimos sentirla. ¡Es mucho más reconfortante bailar una sardana! En otras palabras, tendemos a pensar que la mayor cantidad de las conexiones interpersonales va en detrimento de su calidad. Nada simbolizaría mejor esta pérdida sustantiva que los amigos de Facebook, muchos de los cuales no dan ni para conocidos. Por añadidura, el contenido de muchas de las conversaciones digitales sería banal, cacofónico, incongruente. Desde ahí, es fácil desembocar en la romantización de los encuentros personales, en la exaltación del cara a cara como medio privilegiado para la comunicación humana.

Pero no vayamos tan rápido. Haríamos bien en matizar esta razonable preferencia por la comunicación no mediada: porque la comunicación siempre está mediada. Para empezar, está mediada por el lenguaje, que no es poco. Y eso significa que está mediada por las distintas capacidades de los interlocutores para dominar el lenguaje, así como el conjunto de habilidades que acompañan su uso e influyen en cualquier intercambio de pareceres: la gestualidad, la entonación, el carisma. Se trata de mediaciones potencialmente más decisivas –a la hora de determinar el curso de la conversación– que su marco tecnológico.

En una conversación cara a cara, algunos darán lo mejor de sí mismos, por ser el terreno en que mejor se muevan, pero muchos otros no: podemos ponernos nerviosos, vernos influidos por el ambiente, ser incapaces de encontrar el argumento que queremos dar cuando queremos darlo, ceder la iniciativa al otro o a los demás ante su mayor empuje o menor educación… Por supuesto, la presencia recíproca posee también cualidades irreproducibles a distancia, pero ninguna de ellas parece intensificar las capacidades de los interlocutores en el plano argumentativo, si bien, por supuesto, la argumentación no es el propósito principal todas las conversaciones. Muchas de éstas –el encuentro de los amantes, la reunión familiar, la francachela entre amigos– se orientan en otra dirección.

Ahora bien, no hace falta circunscribirse al terreno de las deliberaciones institucionales para descubrir que una buena cantidad de nuestras interacciones sí posee una fuerte dimensión argumentativa, aun cuando no tengan como objetivo declarado alcanzar una decisión o llegar a una conclusión; este objetivo, por otra parte, puede emerger en el curso de la charla, cuando aparece un asunto que los hablantes abordan sin haberlo decidido antes. ¿Qué clase de conversaciones son estas? Las posibilidades son innumerables, incluyendo también muchos de los intercambios entre amantes, familiares y amigos, pero asimismo conversaciones con compañeros de trabajo o conocidos con los que compartimos algún interés particular o circunstancial. En todos estos casos, las desiguales capacidades de los hablantes condicionan el curso de la conversación. Y, en todos ellos, la llegada del formato digital ofrece beneficios inesperados.

Como es sabido, las ciencias sociales y las humanidades han estado marcadas, desde mucho antes de que se etiquetase su giro lingüístico en 1967, por una creciente preocupación con el lenguaje y su relación con la realidad1. En el plano político, esta reorientación se ha expresado en el desarrollo del concepto de deliberación y en la indagación de sus condiciones de posibilidad: en qué medida el diálogo orientado a una decisión puede constituir la base de un régimen democrático. Muchos de los conceptos provenientes de esta tradición pueden ayudarnos a comprender mejor las ventajas implícitas en la conversación digital.

Sin duda, el filósofo que mayor impronta ha dejado en este debate es Jürgen Habermas, cuya teoría de la acción comunicativa ha sido discutida hasta la extenuación2. Parte esencial de la misma es la noción de «situación ideal de habla» [idealen Sprechaktsituation], que se dará cuando la comunicación entre individuos esté gobernada por una serie de reglas implícitas que constituyen condiciones trascendentales de orden pragmático: no pueden darse del todo en la práctica, pero han de estar implícitas en el discurso para estructurar el intercambio de argumentos entre los hablantes. ¿Qué condiciones son estas? La conversación ha de tener lugar en una atmósfera libre de influencias coercitivas, tanto físicas como psicológicas; los participantes deben tener igual oportunidad de iniciar el diálogo y tomar parte en él; han de estar motivados exclusivamente por el deseo de obtener un consenso y deben ser capaces de evaluar las afirmaciones de los más sobre una base racional.

Es evidente que la situación ideal de habla no es de este mundo: su proponente mismo así lo señala. No obstante, se trata de un concepto que nos empuja a comprobar en qué medida esas condiciones están ausentes en nuestra práctica comunicativa. Las críticas que más nos interesan aquí son aquellas que apuntan hacia los rasgos excluyentes de la deliberación. Cuando menos, deliberar implica construir argumentos y persuadir a otros de su valor a través de la retórica. Es obvio, sin embargo, que no todos los ciudadanos tienen la misma capacidad para hacerlo. Esto queda inmejorablemente expresado en la última escena de El lobo de Wall Street, la reciente película de Martin Scorsese, en la que Jordan Belford, que ha abandonado la Bolsa para ejercer como coach motivacional, pide al público de su seminario que le venda un bolígrafo, empeño en el que todos los aspirantes al éxito fracasan con una torpeza manifiesta, que el propio Belford, vendedor superlativo y amoral, nunca padeció. Esto último es ficción, pero ponga usted a debatir a Tony Blair con su amigo más tímido, y a ver qué pasa. Sencillamente, es imposible proveer a todos los ciudadanos –a todas las personas– de la misma «autoridad epistemológica». Por su parte, Iris Marion Young apunta que las reglas de la deliberación contienen un sesgo desfavorable para aquellos sujetos o grupos que gustan de expresarse de otra manera, acaso más narrativa o emocional, en todo caso menos cartesiana: deliberar, dice, es competir.

Se trata de problemas irresolubles, por más que puedan intentar suavizarse. Y son problemas que no afectan exclusivamente a la deliberación política o al diálogo orientado institucionalmente a la toma de decisiones, sino que aquejan, en mayor o menor medida, a todas nuestras empresas comunicativas. Estas limitaciones, que en el plano democrático se suman a un inescapable problema de escala (por lo que miles de ciudadanos no pueden debatir entre sí), ha conducido a algunos pensadores a proponer alternativas para la deliberación tradicional. De especial interés son las propuestas de Robert Goodin y Andrew Dobson. Dice Goodin: ya que la deliberación democrática es impracticable, concibámosla como algo que ocurre internamente, dentro de cada individuo y no necesariamente entre individuos. Dice Dobson: los filósofos han definido la política desde Aristóteles a partir del habla, pero tan importante como esta es la escucha, esto es, la capacidad del individuo para prestar atención a lo que el otro dice4. En ambos casos, se alude a las condiciones de recepción de las ideas ajenas y a la elaboración de las propias. De ambos emerge, también, una lectura alternativa del acto comunicativo, donde la presencia simultánea reviste menos importancia.

Estas alternativas apuntan más o menos explícitamente al campo de las conversaciones informales, fuera de la política institucionalizada; conversaciones que no por serlo carecen de contenido político: su suma constituye, nada menos, la opinión pública. Estas conversaciones no siempre son autoconscientes o reflexivas, aunque algunas desde luego lo sean, y producen resultados colectivos, pero no concertados5. Su importancia –y la de sus condiciones de ejercicio– no puede minusvalorarse. Cuánto, cómo y de qué hablemos cuenta, porque las palabras son una de las principales materias primas de la realidad.

Pues bien, ahora estamos en condiciones de entender cabalmente las ventajas que proporcionan las nuevas tecnologías, debido a las cuales nuestras situaciones de habla se desarrollan cada vez más como situaciones de lectura y escritura: una conversación digital en la que, en sentido estricto, no hablamos. En el curso de las mismas –ya sea en Facebook, en una aplicación que permite chatear, o mediante un intercambio de correos electrónicos– concurren algunas ventajas: la interrupción no es posible o lo es en menor medida, no sentimos la constricción de la presencia de los demás, podemos pensar mejor en lo que vamos a decir, y, sobre todo, los argumentos propios y ajenos son mejor considerados, porque nos vemos obligados a leerlos antes de responder, cosa que no siempre es preciso hacer inmediatamente. En este sentido, pensemos en las personalidades narcisistas o solipsistas, tan poco dadas a prestar atención a los argumentos ajenos; los medios digitales les imponen hacerlo, o al menos hacerlo en mayor medida. Incluso, podríamos añadir, la fijación escrita de lo que se dice obliga, por sí misma, a un mayor cuidado.

Así, la digitalización de las conversaciones privadas posee ciertas cualidades democratizadoras, en tanto que neutraliza la ventaja de partida de la que gozan quienes, por su mayor carisma, capacidad intelectual o disposición a infringir las normas del debate, tienden a dominar este. Va de suyo que esa superior capacidad siempre se dejará notar en un intercambio de argumentos, pero que se notará menos en el marco de la conversación digital. Mientras tanto, el peso del carisma o de disposición a infringir las normas se verá considerablemente disminuido. Desde este punto de vista, la digitalización es una ganancia y no una pérdida.

Podría incluso argüirse que la digitalización de las conversaciones privadas y las comunicaciones públicas, que sigue a un largo período dominado por la irrupción de los medios audiovisuales (televisión, radio, teléfono), es una buena noticia para la cultura humanista. Recordemos la brillante formulación de Sloterdijk al comienzo de sus Normas para el parque humano: «Humanismo es telecomunicación fundadora de amistades que se realiza en el medio del lenguaje escrito». La cursiva es mía: el original dice Schrift: escritura6. Es verdad que el propio Sloterdijk, a continuación, declara muerto el humanismo como fundamento para la coexistencia humana. Y acaso la desesperante banalidad de la mayor parte de las conversaciones digitales de las que somos protagonistas o testigos sea prueba de esa muerte. Pero, si es así, no lo será por razón del nuevo medio en que se producen, ya que, como se ha señalado, la digitalización ofrece inesperadas ventajas. Más que romantizar el viejo arte de la conversación, que no va a desaparecer, celebremos su nueva encarnación.

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